"EL AGUA DE BOLAS Y CON LAS TRIPAS EN SU LUGAR" Relato de Elmor Zillón Blanco
"DIVAGANCIAS
DE UN DESOCUPADO"
"Si tienes ganas de trabajar, siéntate, y espera que se te pase"
Un sitio
para vagos y desocupados
por: ELMOR
ZILLÓN BLANCO
El agua de bolas y Con las tripas en su lugar
Dos historias y un solo relato
Hace unos días atrás, exactamente el pasado domingo 30 de
Febrero, fecha en que se celebraba el quincuagésimo séptimo aniversario del
descubrimiento de la desembocadura del río Guaire en el río Tuy cerca de la
población de Santa Lucía en los valles del Tuy, sucedió algo inolvidable. Ese
día ocurrió uno de esos hechos que uno no quiere ni recordar después.
Encontrábame, junto con otros tres de mis hermanos en la hermosa casa de Pablo,
nuestro hermano menor. Hacía mucho, muchísimo calor. Hacía tanto calor que el
sol resquebrajaba las piedras, hendía el pavimento y fundía los metales. Hacía
tanto calor y el sol estaba tan fuerte que las gotas de sudor que se
desprendían de mi frente, no llegaban a tocar el suelo. Antes, a medio camino
se evaporaban casi al instante. Incluso, podía afirmarse que las gotas de sudor
que se desprendían de mi cuerpo, ni siquiera tenían el tiempo suficiente para
formarse y perlar mi casta y voluminosa cabeza, fuente y asiento de mis
maravillosos intelecto y talento, y asiento también de mi canosa calvicie.
Dentro de la casa, tres potentes equipos de aire acondicionado que estaban dañados, no se daban abasto para refrescar la vida a los otros miembros de la
familia. El calor hacía que la tarde se tornara bochornosa, húmeda y sobre
todas las cosas, calurosa
Para paliar un poco la amodorrante situación, los cuatro
hermanos decidimos llenar de agua, una piscina portátil que nuestro hermano
Pablito tenía guardada desde hacía
algunos años en el ático que había construido en el sótano de su vivienda.
Pero, inesperadamente fuimos víctimas de un extraño fenómeno: después que
llenábamos la piscina plástica, los cuatro hermanos salíamos corriendo en
dirección a nuestras respectivas habitaciones, a objeto de cambiarnos la ropa y
colocarnos nuestros respectivos bañadores. Pero, cuando llegábamos de nuevo al
patio donde habíamos colocado la piscina debajo de un árbol de patilla,
encontrábamos que el sol y el calor habían evaporado en agua. Por lo que
encontrábamos el recipiente plástico a punto de ser achicharrado por el sol y
el calor.
Decepcionados, volvíamos a nuestras respectivas habitaciones
y nos vestíamos de nuevo y regresábamos otra vez al patio a llenar la bañera plástica. Una
vez que terminábamos de llenar la piscina plástica, salíamos corriendo otra vez
a nuestras habitaciones a quitarnos la ropa y colocarnos nuestros respectivos
bañadores. Cuando regresábamos al patio, ¡oh, sorpresas que da la vida!, la
piscina estaba vacía otra vez. De nuevo, el agua se había evaporado por el
calor.
La misma situación ocurrió unas cuantas varias veces.
Cansados, y después de un breve consejo familiar de dos horas de duración,
donde debatimos apasionadamente las acciones a tomar, decidimos ir a la
ferretería y comprar 10 sacos grandes de hielo frío para echarlos dentro de la
piscina llena de agua para evitar que ésta se evaporara. Felices por nuestra
sublime inteligencia, decidimos a última hora que sólo echaríamos la mitad de
los sacos de hielo en el agua. Es decir, en el agua echaríamos solamente cinco
sacos de hielo y nada más. El resto, es decir, los otros cinco sacos, los
colocaríamos a un lado del asoleado patio para ser usados más tarde, cuando
hiciera un poco más de calor. Mantuvimos el hielo dentro de los sacos cerrados
y los tapamos con una tela gruesa de color negro para evitar que les alcanzaran los rayos
solares y se derritieran, evaporándose. Con el hielo frío dentro de la piscina
plástica, el agua no se evaporó y por
fin pudimos disfrutar de la húmeda frescura del agua.
Mis tres imberbes hermanos y yo, nos metimos junto con
nuestros prominentes y bien labrados abdómenes en la piscina circular de 1,50
metros de diámetro y 40 cm de altura, y nos sentamos en el fondo de ella. A
continuación ocurrió un extraordinario suceso: Casi toda el agua se derramó por
el piso. Incluso, parte del hielo también se salió de la piscina y también
comenzó a evaporarse. Nadie pudo explicar tan extraño acontecimiento. Diez
segundos más tarde no quedaba ni rastro del agua derramada en el suelo. En
plena conmoción, Érika Galindo, nuestra hermosa y bien formada vecina, ingresó
al patio donde nos encontrábamos el póker de juveniles hermanos, cada uno con
un trago de whisky en la mano, remojando nuestros acalorados traseros, y
exclama en voz alta:
— ¡Hola chicos!
¿Refrescándose en esa agua de bolas?
–Érika, es una jovencita de que ronda los 40 años de edad y
es una gran amiga de mi hermano Pablo. La chica trabaja como gerente de
consejería matrimonial en una reconocida empresa publicitaria. Personalmente,
estoy convencido de que esta niña quiere jugarse un numerito de la lotería con
mi hermano Pablo. Sólo la persistente presencia de Ana, la mujer de Pablo,
impiden que sus negros deseos se conviertan en realidad
Leo, otro de mis bisoños hermanos y quien tiene cierto grado
de confianza con la niña en cuestión, replica inmediatamente:
— ¿A cuál agua de bolas te refieres, chica?
— ¡Me refiero a esa agua de bolas que tienen Uds. allí en
esa piscinita! ¡Parecen cuatro budas remojándose el culo! ¡Hágame Uds. el
favor! ¡Por Dios! –dijo aquella, con
vivacidad.
—Aquí estamos pasándola bien. ¿Por qué no nos acompañas?
–pregunta Leo con cierta picardía.
— ¿Quién va a meterse en esa agua de bolas? ¿Yo? ¡Estás
loco! ¡A mí me gusta mucho jugar con las
bolas!, pero, ¿bañarme con agua de bolas? ¡No gracias! ¡Paso!
— ¡Me parece que a ti se te hace agua la boca! –exclama
Pablo en voz alta debido a que Érika ya se giraba para entrar a la vivienda
evitando el inclemente sol.
— ¡Ven, chica! ¡No te hagas la remolona y ven a satisfacer
uno de tus más íntimos y lujuriosos deseos! –Dice Leo en voz alta–. Érika no
respondió
Después de haber remojado con suficiencia nuestras anchas
posaderas y nuestros envoltorios testiculares, nos salimos de la bañera
plástica e ingresamos a casa. De pronto, me encuentro con Carmen, una vieja
amiga, quien al verme casi desnudo, corre hacia mí llorando a lágrima viva y me
abraza estrechamente entre sus robustos brazos al tiempo que exclama
desesperada:
— ¡Ay Elmor, si supieras lo que ha ocurrido! ¡Si supieras lo
que hice!
Alarmado, y contra mi voluntad, me desprendo de los brazos
de la esbelta mujer mientras le digo:
— ¡Por favor, cálmate! Dime lo que está ocurriendo. ¿Qué ha
pasado? ¿Estás bien?
Al instante, imagino que si alguien hubiese escuchado mi
última pregunta, seguro que me postula, ipso facto, al premio Nobel de la
pregunta inteligente. ¡Por supuesto que la mujer no se encontraba bien! ¡Y yo
preguntando que si se encontraba bien! ¡Definitivamente hay que tener una santa
paciencia con algunas personas! ¿No digo yo?
Bueno, como quiera que sea, la fémina llorosa se calma un
poco, no mucho, y comienza, por fin, a relatar su angustiosa cuita. Transcribo
exactamente cómo ocurrieron los hechos:
Carmen, aún llorosa, sin apartar su mirada de mi esbelta y
prominente panza, dice:
—Ay, Elmor querido –comienza por decir la mujer–, tú bien
sabes que Juancho y yo llevamos más de un montón de años casados viviendo en
concubinato, y durante este tiempo hemos sido más felices que muchacho
hurgándose la nariz. El único problema que tenemos, entre los muchos que hemos
tenido todos los días, es que mi marido tiene el hábito de pearse ruidosamente
todas las mañanas al despertarse después de dormir.
De nuevo la mujer comienza a llorar con lágrimas que le
brotan desde el interior de sus áridos ojos. Yo le acaricio la cabellera que la
mujer luce en su cabeza y al instante ésta se calma. (Aclaratoria: “ésta”, significa en este
instante, “la mujer”). Aclarada la
aclaratoria, continúo relatando el relato de mi amiga Carmen:
—El asunto es que después que mi marido se lanza sus
horribles y estruendosos flatos, yo siempre tengo que levantarme rápidamente de
la cama, pues la horripilante hediondez me hace llorar y me quedaba hasta sin
poder respirar. Todas las mañanas –continúa la mujer–, yo le suplicaba que
dejara de pearse porque me estaba dejando enferma de los pulmones y de los
nervios. Él me respondía que no podía evitarlo. También afirmaba que eso era
algo perfectamente natural y muy higiénico. También me decía que yo debía
sentirme agradecida de que él compartiera sus pedos conmigo.
Otra vez la mujer comienza de nuevo a llorar nuevamente.
Después, sigue con el cuento:
—Yo le aconsejé muchas veces, que visitara al médico. Le
expliqué que yo estaba muy preocupada por él, pues temía que algún día se le
salieran las tripas. Sin embargo, él no me hacía caso –Insiste la mujer–. Los años pasaron y mi marido seguía liberando
alegremente sus hediondos gases intestinales de su atosigado intestino.
—Entonces, en un bello día de Acción de Gracias, que
nosotros no celebramos porque no es una costumbre nuestra en nuestro país, me
encontraba desde el amanecer, preparando el pavo para la cena y mi marido
todavía estaba durmiendo en el piso de arriba mientras yo trabajaba en el piso
de abajo. En el medio, no había nadie, ni durmiendo ni trabajando. De pronto me
fijo en los restos del pavo: tripas, pescuezo, hígado, pellejos, etc. Y de pronto se me
ocurre una maravillosa y maliciosa idea. Agarro con mis propias manos mías
todos los restos del pavo y me fui a la habitación donde mi marido
continuaba durmiendo, y con mucho cuidado levanto la cobija, le bajo un poco el
calzoncillo, y le colocó todos los restos del pavo entre sus nalgas. Le acomodo
de nuevo el calzoncillo, y feliz, me regreso a mis labores.
—Un rato después le escucho despertarse con sus habituales
trompetas como ya era costumbre en él. Un instante después, escucho un grito
desesperado y pasos frenéticos de mi marido corriendo hacia el baño. ¡Yo estaba
que me moría de la risa! ¡Casi no podía controlar las ganas de reír! Las
lágrimas, húmedas y mojadas bajaban por mi rostro como muchacho de cerro en
patineta ¡Después de tantos años de tortura, debía reconocer que me había
vengado con justicia! ¡Por fin le había jugado una gran broma!
—Después de unos veinte minutos, mi marido bajó por las
escaleras con el calzoncillo ensangrentado y con una expresión de horror en su
rostro.
<< ¡Yo tuve que morderme los labios para no soltar la carcajada!
>> –aseguró la mujer–.
De
inmediato, le pregunté con mi cara muy seria, que cuál era el problema.
— ¿Y qué ocurrió? –pregunté.
—Él me respondió:
— << !Querida, tenías mucha razón! >>Todos estos
años me advertiste acerca de lo que podía pasarme y nunca quise hacerte caso!
¡Nunca quise escucharte!
— ¿Qué me quieres decir? –inquirí con cara de inocente.
— << ¡Bien! Siempre me advertiste de que un día
cualquiera, de tanto pearme en la cama, se me saldrían las tripas por el culo y
hoy finalmente ocurrió>>.
Finalmente, mi marido añadió:
— ¡Pero, gracias a Dios me puse un poco de tu vaselina en
los dedos y creo que conseguí poner todo lo que salió de nuevo en su lugar!
Comentarios
Publicar un comentario